martes, 18 de noviembre de 2014

TEMPORADA DE MONJAS, incipit. | Alan Jiménez.

Cesárea Defensa de la Iglesia Católica.
Ciudad del Vaticano.

Al Legado y Abadesa de Su Santidad,
Sor Luciana Honorati, recientemente presentada Titular de la Cesárea Defensa de la Iglesia Católica, a su cargo:

Deseamos informarnos de los peligros que nuestra Santa Iglesia Católica ha de enfrentar con el paso del tiempo contra sus enemigos, para así formar una defensa que salve de todo riesgo a nuestra Santa Iglesia y a sus fieles seguidores. Es nuestra voluntad ser instruidos en todas estas materias concernientes a la existencia de enemigos de la Iglesia Católica para que nuestras fuerzas libertadoras y evangelistas lleven la palabra de Nuestro Señor Jesucristo y librarnos así de aquellas almas que siguen el mandato de Satanás. Por lo tanto, es nuestra voluntad crear este consejo de la CDIC para que realicen el minucioso trabajo de erradicar a las fuerzas malignas que atentan contra nuestra Iglesia, así como elaborar informes y expedientes cuyo grado de importancia debe considerarlos archivos secretos y altamente clasificados, para el beneficio y porvenir de esta Santificada Doctrina. 
Os mando atender dicha instrucción y servicio con la mayor prontitud, cuidado y diligencia, porque éste es un asunto muy importante y necesario para la exoneración de nuestra santa conciencia. 

(ecce signum) Alejandro IV
Papa et Episcopi
Romae Alexander Quattuor

--| ☩ |--   
La angelical estatua da paso a una entrada oculta que conduce a unas escaleras descendentes. La oscuridad devora todo y tengo que encender una antorcha para iluminar mi camino a las profundidades. Una vez dentro de la entrada secreta, la pared vuelve a su sitio de origen y oculta cualquier rastro de entrada, pasadizo y escalinata. Las paredes son de piedra y se escucha el eco de gotas cayendo aquí y allá. Sin embargo las escaleras se encuentran en buen estado y no me es difícil el camino hacia el interior del Vaticano.
Una vez que recibí la carta con la encomienda del Papa, tuve que tomar lo que pude de mis pertenencias para dedicarme a la misión que me fue entregada. Después de poco, las escaleras se convierten en un pasillo que termina en una gruesa puerta de madera. Un guardia con plateada armadura vigila la puerta y me deja pasar cuando le muestro la carta firmada del Papa. Abre la puerta y me encuentro ante una gran estructura subterranea iluminada por el fuego de las antorchas. Se ven grandes espacios en los que guerreros práctican en combate, y más atrás, habitaciones de piedra cuyo interior se ve iluminado. Un religioso sale corriendo de una de ellas y se dirige apresurado con un sacerdote que se encuentra observando el espectáculo que el lugar ofrece. Le muestra un pesado libro y entonces se da cuenta de que lo observo. Me mira a los ojos y el sacerdote voltea la mirada imitando al religioso que me observa. Le dice algo devolviéndole el libro y se acerca, sin apartar la vista de mi.
Antes de que pueda decir o preguntar nada, el religioso se presenta como Fray Toribio de Benavente, después, lee cuidadosamente la carta que he traído conmigo y asiente con la cabeza en modo aprobatorio.
—Este es uno de los cuarteles subterráneos del Vaticano —me dice—. Este en especial, es el cuartel de la Cesárea Defensa de la Iglesia Católica, donde nos entrenamos para controlar las amenzas a la Iglesia. 
Empieza a caminar y yo lo sigo. Su túnica café es igual a la de cualquier fraile. Veo de cerca a los hombres luchando y me acerco más al fraile en un instinto por protegerme. Observo las paredes del cuartel subterráneo. De no ser por las antorchas, este lugar estaría en las más oscuras tinieblas, me pregunto cuando fue la última vez que esta gente vio la luz del sol. A pesar de haber sido nombrada títular de la CDIC me siento como un intruso, hasta ahora había escuchado hablar de este cuartel y tengo mucho que aprender si quiero llegar a ser una títular ejemplar.
El recorrido de Fray Toribio termina en las habitaciones de piedra. Algo me dice que ha estado hablando y que me he perdido absolutamente de todo. Termina diciendo algo sobre mi nueva estancia y sobre un grupo de novicias, sin embargo no entiendo de qué habla. Las habitaciones son de la misma piedra que todo el complejo, iluminadas con las mismas antorchas. Los muebles dan un toque cálido a la estancia. Escritorios de una exquisita madera, sillas, mesas, taburetes y una pizarra en la pared de la que cuelgan hojas llenas de letras y dibujos. Fray Toribio me conduce por las habitaciones hasta la que será mi habitación para dormir y me da el día libre con la promesa de que mañana será un día ocupado. Me duermo pronto porque no se me ocurre algo mejor que hacer. 

Al día siguiente, despierto temprano, o al menos eso creo. Aquí abajo es difícil saber la hora. Afortunadamente, cuando salgo descubro que en la parte más alta de las paredes del cuartel hay ventanas con barrotes que permiten la entrada de luz que no había visto antes, así que siento el lugar menos claustrofóbico. Después de comer algo en la habitación del comedor con un montón de gente desconocida, Fray Toribio me conduce con las novicias de las que habló ayer. Lo sigo afuera de las habitaciones y cruzamos el patio de entrenamientos hasta otra puerta donde entramos a una sala amplia. Dentro hay tres hermanas vestidas con túnicas similares a la mía. Levantan la vista y caminan a mi encuentro. 
 —Buen día, hermana —. Dice una de ellas —. Mi nombre es Raymunda, y éstas son las hermanas Integra y Prendete. 
Las saludo y Fray Toribio nos pide sentarnos en una gran mesa y comienza a hablar.
—Ustedes serán las principales encargadas de llevar a cabo la Cesárea Defensa de la Iglesia Católica, y antes de que eso ocurra es necesario que sean instruidas sobre lo que tendrán que enfrentar en esta misión. 
Fray Toribio se pasa las siguientes dos horas hablando sobre peligros, amenazas, satanismo, brujas y fuerzas sobrenaturales de las que debemos proteger a la Iglesia Católica y a sus seguidores. No veo cómo un par de monjas pueda contra todo eso, ni tampoco me trago del todo semejantes conjeturas.  El fraile asegura que todos esos enemigos buscan destruir la fé, introducir sus sanguinarios rituales, entre otros desagradables fines. Así que después de su plática, salimos a un espacio del cuartel donde nos explican algunas técnicas de combate que pronto comenzaremos a practicar, y que jamás creí que necesitaría saber en toda mi vida de religiosa. Al final del día, nos dicen a las hermanas y a mi que podemos descansar y tomar el día libre.
Vamos a la cocina para buscar algo de comer, y después de un festín nos ponemos a charlar. Descubro que las tres recibieron cartas similares a la mía.
De las tres, Integra Berkeley es quien más llama mi atención. Fanática religiosa, es la única que no pareció sorprenderse al observar las muestras de combate. Ella ya había planeado una operación similar a la de la CDIC pero de manera privada. Es una experta en técnicas de pelea usando una katana, y parece ser bastante sanguinaria.
Pasado el anochecer, estamos agotadas y todas decidimos ir a dormir.

Empieza a amanecer cuando me despierto. Después de cobijarme por el frío, salgo a la cocina en busca de comida. Ahí me encuentro a Raymunda, Integra y Prendete y empezamos a prepararnos para el entrenamiento que empezaremos hoy, y que no espero que sea fácil. Comemos y Fray Toribio entra a buscarnos y nos dice lo que estábamos esperando. Nuestro entrenamiento comienza ahora mismo.
Las cuatro monjas nos levantamos una al lado de otra, y encaramos con la cabeza en alto el día que está por empezar. 
—Gorditas y bonitas muchachas —, dice Integra — gorditas y bonitas. 


jueves, 24 de julio de 2014

Balám | Alan Jiménez.

Las calles de la ciudad están tranquilas, desérticas. Nada se mueve ni hace ruido. Ningún faro de coche penetra la oscuridad. Ninguna lámpara está encendida en la acera húmeda. Sólo fragmentos plateados de luna se reflejan en los charcos de agua que se han acumulado en las grietas y baches de la calle.
Una mujer joven camina a través de la noche. Destaca como un faro en la oscuridad. Sus ropas son audaces y brillantes, y parecen cubrir su piel como un guante, mostrando las generosas curvas de su cuerpo. Su negra blusa destella bajo la luz de la luna y sus rígidos pantalones blancos parecen brillar. Su piel es pálida y lisa. Su cabello es largo y negro.
Camina con audacia y seguridad. Sin miedo. Su barbilla alta y sus hombros atrás. Sus caderas se menean naturalmente con el ritmo de su movimiento. Sus brillantes tacones golpean el pavimento mojado en un ritmo constante, confiado.
Sobre la calle principal, varias figuras miran al acecho de las sombras. Y esperan.
Ella se está moviendo firmemente en su dirección, consciente del peligro por delante. Ella pasa por su lado sin ningún problema, con la cabeza todavía en alto. Su impulso hacia adelante crea un ligero viento que pasa a través de su cabello y deja un olor a perfume a su camino. Una de las figuras libera un gruñido predador.
La mujer continúa su camino, actuando como si estuviera completamente sola en el mundo. Se dirige a la costa. Botes y yates están quietos y abandonados a lo largo del muelle. Distantes luces de ciudad crean destellos de color en la superficie ondulante del océano.
Las figuras negras empiezan a moverse, algunas de la izquierda, otras de la derecha. Hay siete de ellos en total, cada uno vestido completamente de negro.    Todo a excepción de sus caras parecen desaparecer contra la oscuridad.
Pisan con cuidado, sus pies aterrizan sin ruido en la humedecida calle. No dicen una palabra, pero se mueven como si pudieran leer sus pensamientos. Se extienden por el camino, bloqueando cualquier posibilidad de su objetivo para retirarse. Su ritmo se acelera en una apretada formación que se mueve rápida, en silencio, como predadores acercándose a su presa.
La mujer se detiene. Por una fracción de segundo se mantiene inmóvil. Entonces, lentamente se da la vuelta, su cuerpo está de repente tenso.
Los hombres forman un semi círculo alrededor de ella. Unos pocos sonríen cuando ella los mira. Algunos la miran lascivamente y el resto aprieta los músculos de sus piernas, listos para el miedo, la lucha, y la caza.
Pero el rostro de la mujer no registra miedo o incluso sorpresa. Ella mira desapasionadamente a las figuras encapuchadas que la rodean. Como si evaluara una selección de zapatos que tenía un vago interés en comprar.
"¿Puedo ayudarlos, caballeros?" su voz es calmada mezclada con un leve acento sureño.
No hay respuesta, pero unas risas calladas resuenan a través del grupo. Su falta de miedo es inusual, pero no imposible. Muchas de sus víctimas son más rápidas para entender la situación que otros.
La mujer levanta las cejas y continúa mirando, como si estuviera esperando una respuesta.
Sin ningún aviso, los hombres atacan. Vienen a ella todos a la vez, gritando y empujando unos a otros por el camino.
La mujer no grita. No corre. Desliza una pierna hacia atrás para buscar balance, dobla las rodillas y agacha los hombros. Si los hombres hubieran puesto más atención, tal vez habrían notado la gracia suave, como un gato de sus movimientos, o las ondulantes fuerzas inhumanas a través de su cuerpo.
El hombre que lidera el grupo es alto, su capucha negra oculta sus rasgos. Va hacia ella con los brazos extendidos, los dedos curvados como si se preparara a envolver su garganta.
Como un rayo de luz, la mujer se laza hacia el hombre. En un movimiento rápido, ella toma su brazo izquierdo por la muñeca y tira, enviándolo patas arriba por el pavimento.
Otro hombre va a ella, balanceando los hombros como un molinete. Ella salta directamente en el aire y aterriza con un golpe en un lado de su cabeza. El hombre cae, sangrando de su nariz y boca.
Alguien la toma por detrás, cubriendo su boca con una mano enguantada. Ella se aferra a su codo y gira sin esfuerzo por encima de su hombro izquierdo para caer a la tierra con un fuerte crujido sobre su compañero caído.
Un cuarto hombre avanza por la izquierda, tratando de atacarla como un jugador de fútbol americano. La mujer se deja caer al suelo y el hombre sale volando por encima de su cabeza, buscando a tientas en el aire algo de qué agarrarse. Golpea a otro hombre que se acercaba en dirección contraria. Caen en un montón de gritos y maldiciones.
Aún en cuclillas en el suelo, los dedos apretados contra el pavimento húmedo, la mujer se vuelve hacia su próximo atacante. Está prácticamente encima de ella, después de haber tomado ventaja por el impacto del pie de la mujer en la espinilla de su pierna. Un fuerte crujido se hace eco a través de la noche mientras sus huesos se astillan. Se desploma en el suelo, gritando y agarrando su pierna rota justo por encima de la rodilla.
La mujer se levanta suavemente sobre sus pies.
Queda un hombre de pie que se está acercando a ella con más cautela que el resto. Mueve sus pies de un lado a otro, como si tratara de decidir el mejor ángulo de ataque. La mujer cambia de posición a lo largo de él, imitando sus acciones. Se miran con expresión dura, un destello amarillento parece salir de los ojos de la mujer por una fracción de segundo.
De repente, el hombre se detiene. Sin dejar de mirarla, saca algo oculto en el interior de su chaqueta. Un segundo más tarde, está apuntando con una pistola al pecho de la mujer.
"Detente, perra."
Al ver el arma se detiene. No hay miedo en su expresión, pero parece que un escalofrío recorre el aire a su alrededor.
"Eso es. No te muevas."
Él se acerca, manteniendo el arma apuntando en su dirección. Los hombres que todavía pueden caminar están lentamente parándose en sus pies. Rodean a la mujer, gruñiendo amenazas furiosas y tronandose los nudillos.
La mujer permanece quieta. Su mirada se desplaza de un hombre a otro. El frío que viene de ella es casi palpable. Sus claros ojos azules son como fragmentos de hielo.
"Cobardes."
Entonces, en un instante, ella está corriendo. Con una velocidad inhumana por el pavimento.
Dos de los hombres intentan agarrarla. Ella se lanza fácilmente entre ellos. Las balas rebotan en la calle y los edificios que la rodean, pero nadie encuentra su rastro.
Ella da un salto corriendo y se engancha en una farola cercana que está descompuesta desde hace mucho tiempo. Se balancea a sí misma alrededor de la barra de metal, las balas siguen volando sin dar en el objetivo. Ella hace una rotación completa, sus pies nunca tocan el suelo antes de soltar su balanceo.
La  mujer salta hacia adelante, su cuerpo se tuerce en el aire mientras cae. Una ráfaga de viento llega de pronto a través de un callejón. Pedazos de basura giran y vuelan en los vientos cruzados. En el puerto cercano, las olas de mueven a través del agua, balanceando los barcos hacia adelante y hacia atrás, tensando las cuerdas de amarre al muelle.
Uno de los hombres de tambalea hacia atrás, con los ojos en blanco. Otro grita y balbucea incoherentemente. Entonces cae de bruces sobre los pies del hombre con la pistola.
"¿Qué demonios?"
La mujer se ha ido. En su lugar hay un enorme jaguar. Su pelaje es rojizo, aunque su coloración exacta es oscurecida por la luz tenue. Su tamaño está más allá de cualquier cosa que los hombres hayan visto. De pie, hombro con hombro con un oso grizzly macho adulto, ella tendría fácilmente su altura, pero su cuerpo sería el doble de delgado.
Un gruñido bajo retumba en el fondo de su garganta. Sus labios se curvan ligeramente hacia atrás, revelando sus afilados colmillos largos.
Entonces, como si por una orden no verbal, todos se dan la vuelta y corren.
El jaguar enrolla sus músculos y brinca hacia adelante, alcanzándolos en unos pocos pasos. Con un golpe de su garra, envía a dos de ellos dando un salto mortal en el aire. El primero golpea una pared de ladrillo con la cabeza y aterriza en la acera. El segundo se estrella contra una pila de cajas que se derrumban sobre él en una nube de polvo y pedazos de madera voladora.
Los últimos dos hombres están todavía en movimiento, corriendo por el muelle como si el agua pudiera ofrecer alguna protección. El jaguar se mueve después de ellos. Su cuerpo delgado cubre el suelo a una velocidad alarmante. Los hombres son ridículamente lentos en comparación.
Uno de los hombres tropieza y el jaguar salta, sus cuatro patas aterrizan en su espalda. Él golpea el suelo con tal fuerza que su cabeza rebota contra el pavimento como una pelota de tenis, y sus costillas se rompen con un chasquido audible.
Mientras el hombre grita y se retuerce de dolor, el jaguar salta de su espalda, dirigiéndose a su objetivo final. Él todavía está corriendo por los muelles, su respiración es fuerte. Él está cerca de llegar al borde del agua cuando el jaguar ataca. Ella se aferra a su pierna derecha y clava los dientes profundamente en su carne.
El hombre grita de dolor, pero no hay nadie alrededor para escucharlo, excepto sus camaradas caídos. El jaguar retrocede lentamente, arrastrando al hombre con ella. Patea y se aferra al pavimento, pero no sirve de nada. Cada movimiento que hace solo empeora el dolor. Brota sangre de su pierna, de tono negro a la luz de la luna. Finalmente, después de que sus luchas cesan y sus gritos se han convertido en gemidos silenciosos, el jaguar lo libera con un fuerte tirón de su cabeza.
Otra ráfaga de viento proveniente del callejón, y la mujer vuelve a aparecer, con los pies descalzos y sonriente. Trota casualmente por el camino, toma sus brillantes tacones y los desliza de nuevo en sus pies. Permanece de pie por un momento, su postura amplia, observando los cuerpos retorciéndose, sangrando y gimiendo a su alrededor.
"Tengan una velada agradable, caballeros."
Toma calmadamente su bolso, lo cuelga de su hombro y continúa su camino. Su brillante cabello negro es lo último que se desvanece en la oscuridad.

lunes, 21 de julio de 2014

Textos emito | Alan Jiménez

Los últimos días transcurrían sin prisa, lentos, monótonos. Él no hacía nada más que entretener su mente en algo para evitar que pudiera ponerse a formar pensamientos que terminaran por convertir sus ya aburridos días en un completo desastre. Sin embargo, intentarlo era simplemente imposible, un verdadero fracaso. "Yo... sólo espero que encuentres a alguien que valore el paraíso de tu mirada perdida, el refugio de tus brazos, el mar de tus labios, tu embriagante aroma..." Las palabras salían de su mente como si llevaran días madurando para el momento en que tuvieran que ser dichas.
Se imaginó mirando sus ojos, rozando sus labios con un dedo mientras observaba lo que algún día había tenido. Alejó ese pensamiento de su mente, lo que menos necesitaba era perderse en su recuerdo; quién sabe lo que pasaría si lo hacía.
Intentó concentrarse en lo que hacía, la música no ayudaba mucho. Recordó la última vez que había sentido ese mar abrasador. No parecía que hubiera una siguiente ocasión para observar ese mar y sumergirse en sus agua. Si él hubiera sabido que aquella era la última...
Llegó la noche, y con ella llegó el día. Y los días transcurrieron igual, con una aburrida monotonía capás de sacar de sus casillas a cualquiera, y con sus pensamientos torturantes que salían a borbotones como la sangre sale de una herida.
Agradecer que estaba vivo era parte de su rutina. Y no se refería precisamente a él mismo; si por él hubiera sido, ya se había muerto.
Perderse entre lúgubres pensamientos era un delirio constante. "Gracias, por todo. Me haz hecho la persona más feliz del mundo." Cada vez encontraba nuevas frases que decir. Su sabor era amargo. Pero ya se había acostumbrado a él, y había aprendido incluso a disfrutarlo.
Y de pronto, sin apenas haberse dado cuenta, ya tenía frente a él el momento para decir esas palabras.
Pero no las dijo. Era el sabor más amargo que había probado. Y cuando tuvo que hablar, no supo que hacer.

martes, 15 de julio de 2014

Cuando yo muera. | Alan Jiménez

      Cuando yo muera, no digas que fui fuerte, que fui valiente. Sabes lo débil y cobarde que fui. Que me ahogaba en mi llanto y que muchas veces pensé en rendirme. Cuando yo muera, no llores. No le hables a mi cuerpo en el ataúd.
     No quiero que estés presente en mi muerte cuando estando vivo siempre estuviste ausente. Cuando yo muera, no hablen bien de mi, digan los defectos que cada día me gritaban a la cara, no quiero que mi muerte sea una razón para mentir. Digan que fui humano. Que era callado, porque eran mis ojos y no mi boca los que hablaban por mi. Déjame ir limpio de toda hipocresía, de toda falsedad, déjame irme libre de tu conveniencia disfrazada de amistad.
       Recuerda mi risa y mis manías. No lloren por mi. Tan solo cuando yo muera podré recuperar mis alas. Tan solo cuando yo muera estaré en paz, en calma y sin agua salada en mi cara. 


lunes, 19 de mayo de 2014

Días lluviosos. | Michelle

Me gustan estos días porque si llora no se nota, si conozco a alguien va a ser por su amabilidad, pues me habrá prestado su paraguas, la gente va por la calle abrigada de la lluvia, pues al verse tan inofensiva puede ser peligrosa, estos días me recuerdan a cuando te conocí... y pensar que ahora no me imagino mi vida sin ti, la lluvia esta para verse desde la ventana y ser escuchada por los oyentes, pero lo que más me gusta de la lluvia es que lava y se lleva todo consigo para siempre, o por lo menos por un rato. La lluvia es y puede ser amigo de quién quisiese, la lluvia acompaña a los libros con café pero no los toca por miedo a romperlos, la lluvia se preocupa, yo me preocupo. A veces pienso que así como la lluvia te trajo a mí un día, te puede llevar igual de fácil por lo pronto lo único que me queda es disfrutar de la lluvia como amiga, por lo pronto me toca disfrutarlo a usted  a ti como yo quiera.





miércoles, 2 de abril de 2014

Escape 2da parte | Serie TextoCríminal | Alan Jiménez.



Escape.

      En el capítulo anterior...
     No volvería a sentir esa petrificante mirada jamás. Mi historia no incluiría un cuento de terror donde estaba encerrada en un barco con un asesino loco y terminaba en ríos de sangre corriendo por los pasillos. Eso pensé yo. Eso hubiera querido que pasara yo.
    
--1--
     Cierro la puerta tras de mi y me siento aliviada en el suelo. Estoy en mi casa, y estoy a salvo. Me levanto después de recuperar el aliento, vengo prácticamente corriendo desde Miami. Tomo mi equipaje y subo las escaleras hasta mi habitación.
     Entro y dejo mis maletas en el suelo, corro hasta mi cama y siento el suave edredón bajo mi piel. Después de semanas durmiendo en la litera del crucero siento la comodidad de mi cama.
     Bajo a la cocina y busco algo de comer. Salgo al jardín con quesitos en un plato y contemplo el cielo. Extrañaba el clima de Atlanta. Se escuchan risas en la calle y me siento en el pasto comiendo quesitos. Hacia mucho no sentía ésta tranquilidad.
     Vuelvo dentro y subo las escaleras hacia mi habitación. Me desnudo y tomo la toalla para tomar una ducha. Entro en el cuarto y veo a mi novio dentro. No recordaba que tenía uno. Está desnudo, pero no está solo. Hay una chica ahí dentro con él.
--2--
     En un segundo la chica se esconde detrás de la cortina de baño y mi novio me mira impasible. Sujeto la toalla contra mi pecho y me quedo con expresión de asombro.
     Vi... Vic... Victoria —me dice mi novio intentando sonreír naturalmente.
     En ese momento la chica que ahora está vestida con un camisón y unos pequeños shorts sale corriendo, y en el camino a la puerta me observa con miedo, hay algo en mi que le aterra.
     Y ahora estoy sola con mi novio. Y no sé que hacer.
     —Puedo explicarte... —comienza diciendo mi novio.
     —Vaya Gustavo —logro articular sin saber lo que estoy diciendo, —eso es lo que dicen todos —Sonrío. —Descuida, vamos abajo y me ''explicas'' que es lo que pasó.
     Tiene una mirada nerviosa e inquietante, asiente mi propuesta y le pido que me espere abajo. Voy al closet para vestirme y elijo un vestido color escarlata que me cae ondulado desde la cadera hasta los tobillos. Me agarro el pelo en una coleta y me acomodo el fleco de la cara. Veo un collar de perlas y me lo pongo sin dudar, también me pongo un poco de brillo labial y rímel.
     ¿Qué estoy haciendo? Ahora estaba en mi habitación vestida para una fiesta formal y me había maquillado. Algo dentro de mi me obligaba a hacerlo. Baje las escaleras y lo vi sentado en la sala de estár mirándose las manos. Escuchó el ruido de mis tacones en la escalera de madera y volteó con mirada estupefacta.
     —Estás... estás hermosa Victoria —balbuceó.
     —¿Quieres una copa de vino, querido? —le pregunto desde la cocina. No espero su respuesta, sirvo dos copas de vino blanco y voy a sentarme con él.
     Me siento frente a él y lo observo. Ahora está vestido con un traje rayado color café y lleva un chaleco y una boina del mismo color. Su camisa es blanca.
     —Así que, ¿qué es lo que querías decirme? —le pregunto.
     —Ana es solo una amiga... —comienza a decirme.
     —Oh, vamos Gustavo, ¿esperas que te crea eso? Acabo de verte cogiendo con tu amiguita en mi regadera.
     Gustavo se quedó callado con los ojos clavados en el suelo como cuando un niño es regañado por su madre. No me conocía capáz de hablar así.
     —Pero podemos arreglar esto, querido.
     —¿De verdad podemos? —Me preguntó con un dejo de esperanza en su voz.
     —Claro que si, es de lo más fácil. Solo se necesita hacer una cosa.
     —¿Y que es esa cosa? —Preguntó Gustavo cada vez mas animado.
     —Voy a matarte.
--3--
     Meto el cadáver en la tina de baño y el agua se tiñe de rojo de inmediato. Su cuerpo flota en el agua y me da asco, así que bajo de nuevo al salón para terminar de limpiar las manchas que quedaron por el piso.
     Tomo el cuchillo que está en la mesa de centro y lo lavo para limpiarle esas feas manchas rojas opacando el brillo del metal. Ese mismo cuchillo había sido con el que había matado a Gustavo un momento atrás.
     Me siento de nuevo y termino de beber mi copa de vino blanco. No sé que fue lo que acabo de hacer. Antes de llegar a casa tenía miedo de ser asesinada por un hombre acosador, y ahora me encontraba en mi sala bebiendo vino blanco después de asesinar a mi... ex novio.
     Caminé hacia las cortinas que cubrían las grandes ventanas de la pared de enfrente y me dispuse a abrirlas. Quería sentir el aire fresco de afuera y que el viento se llevara con él lo que había pasado en esta habitación.
     Abrí las cortinas transparentes con estampados de flores y fue entonces que lo vi. Mi mirada se encontró con la suya, oculta entre las cortinas de la casa de al lado, y ahí permaneció, mirándome fijamente, desquiciadamente, mientras el aire agitaba mi cabello, ondulaba mi vestido y soplaba terroríficas ideas a mi mente. No solo me había seguido, sino que también me había visto matando a Gustavo.
--4--
     Cerré las cortinas y corrí por toda la casa cerciorándome de que puertas y ventanas estuvieran cerradas. Probablemente dentro de poco tiempo llegaría la policía a mi casa. Subí a mi habitación y me puse un traje de lana color café con hombreras y falda de flauta que me llegaba hasta la rodilla, no podía salir de día con mi traje de noche, y menos cuando mi único pensamiento era huir.
     Tomé un sombrero y mi bolso con algo de dinero y salí a la calle. Miré a ambas direcciones preguntándome hacia donde iría, pasé corriendo frente a la casa donde había visto al hombre, donde anteriormente vivía la familia Robinson... ¿qué estaba él haciendo ahí?
     Corrí hasta llegar a la estación del tren, era un mar de gente. Me formé en la taquilla en la fila más corta que encontré, y sin embargo era la fila más larga que había visto. Cuando por fin llegué la chica de la ventanilla preguntó mi destino. No lo había pensado, no sabía a donde ir. ''Quiero el boleto para la salida más próxima'' fue lo que le dije. No escuché a la chica cuando me dijo el nombre del destino.
     Corrí al andén y el tren ya estaba ahí esperando el momento para partir. Subí al último vagón y descubrí que estaba vacío, así que me senté y cerré las cortinas. Faltaban 15 minutos para que el tren se pusiera en marcha. Estaba a punto de dejar mis cosas y mi hogar por culpa de ese hombre. El tiempo transcurría lento y los nervios se apoderaban de mi. Asomé la cara por la cortina para ver la estación, y ahí estaba el. Mirando a todas partes y preguntando a la gente haciendo gestos.
     Cerré la cortina de nuevo y me aplasté contra el asiento, tenía miedo. Finalmente se escuchó el motor del tren y comenzamos a avanzar primero muy lento, hasta que después la velocidad aumentó y se estabilizó. Respiré aliviada, al fin me estaba alejando de aquel sujeto. No era tan tarde, pero sentía el calor infernal del sol de la tarde dando contra la ventana. En unas horas anochecería, y yo ni siquiera sabía a donde me dirigía, así que no sabía cuando tiempo estaría ahí.
     Busqué en mi bolso algo con que distraerme y afortunadamente me encontré el libro que había estado leyendo en el crucero y que no había terminado. Me puse a leer y cuando terminé el libro me di cuenta que había anochecido. Miré por la ventana y no vi absolutamente nada, solo oscuridad y luna.
    
--5--
     Después de mucho pensarlo, decidí recorrer todo el tren, tenía que asegurarme que el hombre no viniera conmigo. Me armé de valor, tomé mis cosas y abrí la puerta hacia el primer vagón.
     Había solamente una señora con un bebé y un hombre viejo con una barba blanca que estaba leyendo el periódico. Continúe al siguiente vagón y me encontré con un joven que se quitó el sombrero cuando pasé y me saludó y sentada en frente de él había una mujer que dormía. Esa mujer me llamó mucho la atención. Su cabello era cobrizo y su piel blanca. Su rostro transmitía serenidad y paz. Ojalá yo pudiera dormir como ella lo hacía.
     Pasé al siguiente vagón y encontré solo a un hombre que vestía de negro. Tenía un sombrero de ala ancha que le cubría el rostro así que no pude saber su edad ni como era.
     En ese momento entramos a un túnel. Las luces del tren comenzaron a parpadear y de pronto el tren se sumió en la oscuridad. Atravesamos el túnel sin luz. Escuché al hombre lanzar un resoplido y mis manos buscaron en la oscuridad algo de que agarrarse.
     —Dicen que es normal que se vaya la luz cuando se entra en un túnel —dijo el hombre.
     Guardé silencio.
     —Di algo Victoria. Tu silencio solo me dice una cosa.
     Me quedé estupefacta. Ese hombre sabía mi nombre, y yo no sabía quién era él. Estaba en desventaja, además de estar en medio de la oscuridad sin saber siquiera como era su rostro.
     —Qué cosa es lo que le dice mi silencio, señor —logré preguntarle.
     —Sé lo que estás sintiendo —me dijo con total serenidad.
     —¿Y qué es lo que siento? —pregunté confundida.
     —Miedo.
     Me sujeté con más fuerza del asiento que tenía detrás y me senté. Ese hombre me inspiraba miedo; el mismo miedo que solo alguien me había hecho sentir antes.
     —Sin embargo nos encontramos ante una desventaja —le dije con una valentía desconocida para mi. —Usted sabe quién soy yo, pero yo no sé quien es usted.
     —Permítame presentarme —me dijo. —Me llamo Javier, llevo siguiéndola desde mucho antes de que usted me viera por primera vez en un crucero.
     Volvió la luz y mi corazón latía a mil por hora. La luz blanca me cegaba y no me dejaba ver, sin embargo pasó el tiempo y lo único que veía era un resplandor blanco por todas partes, y jamás volví al tren, ni vi la cara del hombre, ni supe que había pasado conmigo. Entonces algo me trajo de vuelta a la realidad, sofoqué un grito cuando abrí los ojos y desperté.
--6--
     Despierto y estoy sentada en un sofá marrón. Mi traje de lana estaba mojado y mi mano sostenía una copa vacía sobre mi regazo. Siento el calor de la chimenea y puedo ver por la oscuridad de la habitación que es de noche. Miro hacia el frente y me encuentro al mismo hombre de siempre sentado en el sofá. Sonríe al ver mi mirada perdida encontrándose con la suya.
     —Al fin despiertas, Victoria —me dice Javier con cierta alegría. —Temía que no lo hicieras nunca y entonces no sería divertido.
     —¿Qué... qué hago aquí? —pregunto.
     —Estás aquí por cosas del destino —me dijo filosofando. —Por sentimientos humanos de lo más mundanos. Por amor, por deseo, por egoísmo, estás aquí porque soy adicto, vicioso, deseoso de ti.
     Increíble, el asesino del cual estuve escapando en los últimos días se había enamorado de mi, y yo era consciente de ello.
     —Por cierto, no tienes mucho tiempo —comenzó a decirme. —La bebida empezará a hacer efecto, dentro de 3 minutos ya no podrás moverte, y a los 5 no podrás hablar —me dijo con una sonrisa natural en el rostro. —Pero no nos apresuremos a morir aún, la noche es joven, querida.
     Estaba estupefacta, petrificada, asombrada, asustada, triste, nerviosa, nunca me equivoqué, ese hombre quería matarme, y ahora estaba sentada frente a él, con una copa con alguna extraña sustancia que terminaría por matarme.
     —Tienes el teléfono ahí —me dijo señalándolo en una mesita al lado del sofá. —Puedes llamar a quién quieras.
     Lo miré un segundo, mi rostro parecía aterrado y confundido, me levanté como pude y a medio camino caí al suelo, mis piernas no respondían, así que utilicé mis brazos y me arrastré llorando por el suelo de la habitación. Tomé el teléfono y llamé a emergencias.
     —911, ¿cuál es su emergencia?
     La voz sonaba lejana, perdida entre mi subconsciente. No pude contestarle, no podía hablar. Sentí una presión asfixiante en el cuello y me llevé la mano a la garganta. Mis gemidos se confundían con mi llanto, no quería morir. Sin embargo mi cuerpo se quedó petrificado en el suelo y mi voz calló para siempre. Pude ver la sonrisa de Javier mientras disfrutaba su copa de vino; mientras yo moría lentamente. Agonicé en silencio hasta que la cálida habitación se convirtió en negrura.


AGRADECIMIENTOS: Agradezco especialmente a Gustavo Martínez y Brissa Pérez por su invaluable ayuda para darle forma a este texto, y por la bellaca imagen que tenemos por allá arriba, cortesía de Tavo. Los amo:3
Así acaba ''Escape''. ¿Quieres más?

martes, 1 de abril de 2014

Delirios míos | Michelle~

No me gusta ver a una persona triste pero sin embargo hoy yo ya no puedo mantenerme feliz y no sé por qué, simplemente me pongo triste de la nada, invento excusas para evitar las preguntas que no sé ni yo como responder, es tan... frustran te, quizá sólo estoy delirando, me estoy, volviendo más adolescente de lo que soy ahora pero ¿Por qué putas me pongo triste sin motivo? No son hormonas porque no afectan mi estado de animo ¿Estrés? No creo. ¿Tú? ¿Yo? ¿Los demás? No lo sé, no lo sé, ¡No lo sé! me estoy agobiando, ayúdame, haz algo, detenle, yo no puedo.




sábado, 29 de marzo de 2014

PERVERTIDO | Michelle~

No sé hasta donde puedes llegar, pero sin duda, quiero averiguarlo.♥
Porque sé que cuando lo sepa no querré parar, y ese deseo me consume por dentro.Estoy asustada, pero no huir
Quizá no es exactamente lo pervertido que estás pensando, pero tal vez alguna parte sea verdad, abrá que experimentar y después de eso pueda que nos arrepintamos pero vale la pena ¿no?


jueves, 27 de marzo de 2014

Sentimientos | Alan Jiménez

Estoy acostada en mi cama, es tarde y no puedo dormir. Me aferro a la almohada y siento un nudo en la garganta.
De pronto me llega a la mente una imagen de su rostro, siento su mirada fantasmal atravesando mi cuerpo.
Pienso en su voz y me estremezco. Su voz es masculina y sensual.
Por un momento lo veo observandome desde una esquina de mi habitación, sin embargo pestañeo y ha desaparecido, no está aquí.
¿Por qué no dejo de pensar en él? ¿qué es lo que está haciendo conmigo?
Imagino sus labios. Me encantaría sentirlos sobre los míos. La idea me deja sin aliento. De pronto tengo sed. Sed de sus besos, de su cuerpo.
¿Qué es esto que estoy sintiendo? Sinceramente no lo había sentido jamás. No quise seguir investigando más sobre mis sentimientos por él, tenía miedo de llegar a una aterradora conclusión.
Pero sin embargo llegué a ella.
—Dime qué es lo que sientes por mi —me pidió.
Me quedé callada.
—Dilo —ordenó.
—Amor —balbuceé. 
—No es amor, Victoria —sentenció.
—Si tanto me conoce, Señor, dígame cuál es el nombre de ese sentimiento.
—Deseo.    

AVISO: Próximamente ''Escape, parte 2'' en tu pantalla. 

Que mierda me habrás dado para ser tan feliz | Michelle

¿Qué es lo que me haces? ¿Me drogas? ¿Vudú?
Cuando te miro siento como si un tornado pasara por mi mente y dejara mis pensamientos revueltos, tengo que hacer un esfuerzo no abalanzarme hacia ti y reclamarte [...] o besarte. Diría que tus ojos manejan cada parte de mi, cada sensación se produce en base a ti, siento que si dejo de verte todo se irá al carajo, que si me dejas sola con todo esto, con todo el amor que puedo sentir sólo hacia ti, me quedaría un gran vacío, supongo que es lo que sientes cuando encuentras al «indicado», tal vez sea por eso que los matrimonios tienen hijos, para que el amor que se tienen lo compartan puesto que sino, se asfixiarían entre ellos con tanta cursilería...
¿Ves lo que me produces? Ni si quiera sé si te tendré para mi algún día y ya estoy pensando en hijos. Quizá sea eso lo que tramas, atraerme hacia ti par que sea yo la que que te ruegue y me tengas en tu poder, pero, ¡Deja de hacerlo!, ya lo lograste, me cautivaste, me tienes sólo para ti.



lunes, 24 de marzo de 2014

En el túnel | Alan Jiménez

Ibamos a la Fiesta de Tlaquepaque, a la fiesta anual de los jarritos a divertirnos.
Era una ocasion unica para averiguar muchas cosas que nos conciernen a todos.
Alan manejaba la camioneta, como siempre con pie de plomo.
Entramos en el gran tunel.
Hablamos de riscos y de pantanos, de gabardina nueva y de relojes de cromo.
Reimos y conversamos del mundo de los paraguas perforados, de las rupias y de los faisanes.
Marchamos por el interior del gran túnel sin tener en cuenta el tiempo.
El oscuro tiempo.
Atravesamos todos los tiempos, las historias prohibidas, los reinos escondidos, las graciosas leyendas de muertos y resucitados.
Por el medio del tunel paso la vida, una linterna magica, una paloma mensajera.
Entramos al túnel, hablamos y reimos.
Y ya no pudimos salir.
No pudimos salir jamás.
Te escribo esta parca noticia solo para que te des cuenta de donde estás —de donde estamos todos, todos sin excepción—, para que te des cuenta donde pasamos el tiempo. De cuan ingrata es la verdad de las cosas.
No desesperes: quizas la salida se encuentre hacia el final.
Hacia el final de la noche.
Hacia el final del tunel, del tiempo.
O en algún punto entre nosotros —entre todos nosotros, todos sin excepción— y un luminoso pero desconcertante final.                                          ©GMD

viernes, 21 de marzo de 2014

Espejo | Texto Criminal | Michelle

Desde que me levanté esta mañana tengo ganas de verme al espejo, no es que sea especialmente bonita pero, hay algo que me llama, algo me dice que mire el espejo.
Lo evité todo el día pero creo que pueda dormir con la duda, me acerco a el y veo a alguien que parece ser yo pero sombría, oscura y con la mirada penetrante, veo alrededor de mi reflejo, es la misma casa pero en un estado deteriorado, de repente me dice:
— Esta eres tú... y estos son tus padres.
Mucha sangre, es demasiado, salgo corriendo, están muertos y yo loca, la adrenalina es tanta que me desmayo. Caigo en cuenta de cual es el mensaje y me dirijo a la cocina, agarro un cuchillo y abro la puerta de la habitación principal...

jueves, 20 de marzo de 2014

Escape 1ra parte | Serie TextoCríminal | Alan Jiménez



Escape.
--1--
Hacía días que había zarpado en un crucero por el Atlántico,  era una calurosa tarde de verano sintiendo la brisa del mar en mi rostro. Entré al barco y me dirigí al restaurante, vi el menú pero no me llamó la atención nada así que salí de vuelta para ver el cielo perderse con el mar.
     Las actividades del crucero eran de lo más normales. Pasar el día en la alberca, comer en el restaurante, participar en los espectáculos que se hacían diario entre otras cosas, sin embargo mi itinerario se limitaba a comer, pasar el día sentada en cubierta leyendo algún libro y dormir.
     Yo nunca quise tomar este crucero, había sido un regalo de cumpleaños de mi tía favorita. Te hará bien tomar un poco de sol, estás muy pálida. No podía despreciar el dinero que había gastado en ese crucero, después de todo pasaba todo el día dentro de casa escuchando música o conectada a la red chateando con mis pocos amigos.
     Empezaba a anochecer y observé el sol hundiéndose en el mar, el cielo naranja se reflejaba en las pequeñas olas del océano, y finalmente, el sol desapareció dejando la bóveda celeste teñida de color rosa.
Entré en el barco y me dirigí por los blancos y estrechos pasillos hasta mi habitación. La verdad era un lugar algo claustrofóbico, pero siempre podía salir a la proa y alzar los brazos para sentirme en el Titanic.
     Eran las tres de la madrugada y no podía dormir, el barco se mecía y eso me mareaba. Miré por la pequeña ventana de mi habitación y solo se veían pequeños destellos azules interrumpiendo la oscuridad de la noche. La luz del pasillo entraba por la rendija de mi puerta, y mi cerebro me dio la orden de salir de la habitación y dirigirme a cubierta, así que lo hice, pero en el camino me topé con una puerta semi abierta, y fue en ese momento que mi aburrido crucero se terminó de estropear por completo. Bueno, yo no lo sabía.

--2
     La habitación estaba bastante oscura. Por la rendija de la puerta se asomaba el rostro apenas visible de un hombre. Su mirada era escalofriante. No tenía curiosidad por saber quién pasaba a esas horas por el pasillo. Ni era una mirada de enojo. Al principio su rostro se veía serio y frío, pero después se tornó en una mirada divertida, lujuriosa, como en un momento de aburrimiento en el que de pronto tienes una divertida idea para matar el tiempo.
     Su mirada no se despegaba de mí. Quedé un momento paralizaba viendo sus ojos inexpresivos hasta que brillaron localizando a su objetivo. No dejaba de mirarme, así que reaccioné y volví corriendo a mi camarote. Y vi su mirada siguiéndome hasta que la blanca pared sustituyó la negrura de aquella habitación. 
     Me encerré en mi camarote y me oculté junto a la pared fría. Me quedé dormida vigilando la puerta, y esa noche soñé con miradas asesinas en cuartos oscuros.

--3--
     Era mediodía y yo estaba entrando al restaurant del crucero para desayunar. Para mi mala fortuna no había comida, el desayuno terminaba a las 11. Me senté al fondo del restaurante, todavía había unas pocas personas terminando de comer. Sentía mi estómago rugir y crucé los brazos frustrada.
     Una chica de una mesa cercana se levantó con su plato y caminó en dirección hacia mí. O no, lo que menos quería era que alguien me ofreciera su plato, y esa parecía su intención.
Hola me saludó.
Ah, hola mi voz sonaba tímida, pero no lo estaba.
Me preguntaba si aceptarías comerte mi plato dijo con una sonrisa en su rostro. La verdad no tengo mucha hambre.
No no no, no es necesario, termínalo tú, gracias.
Anda, tus tripas se escuchan en todo el restaurante me dijo con una risita.
De acuerdo quizá fue el hambre lo que me hizo aceptar su plato. Se veía que había probado un poco, pero la mayoría del plato estaba totalmente intacto. Comí como moribunda y terminé satisfecha.
            No sé cómo pudiste comer esa porquería bromeó la chica —. Por cierto, me llamo Lena.
     Victoria le dije con mi cara más amistosa.
     ¿Te gustaría subir al bar conmigo? me preguntó.
     La miré inspeccionando su rostro y comprobar que era de fiar.
     —, me dijoen el bar hay comida.
     Después de una semana de soledad en el barco había hecho una amiga. Y solo quedaban tres días de crucero.

--4--
     Pasé todo el día con Lena entre el bar y la alberca. Ella era de Chicago y tenía un año más que yo. Mis aburridos días de crucero al parecer tendrían un buen final, mi piel se tostó un poco y por primera vez me puse el bikini que empaqué. No había probado los cocteles del barco, ni esa deliciosa botana que había en el bar. Sentí el agua de la alberca después de años, y reí como nunca lo había hecho.
     Ahora estaba en mi cama, agotada después de haber estado con Lena. Veía el techo blanco mientras recordaba aquel divertido día. Entonces me percate de algo que no había dado importancia antes. La mirada de un hombre en el restaurante.
     Por supuesto que la había sentido. Pero estaba distraída deleitándome con manjares e intentando esquivar la mirada de Lena viéndome comer como desquiciada. ¿Estaría espiándome? Esa idea me aterraba, yo no lo había visto hacer nada grave, y tampoco nos conocíamos. No era una chica atractiva para encender su deseo hacia mí. No lo entendía.
     Pasé otra terrible noche de mareos y pesadillas. Pesadillas sobre ríos de sangre que corrían por el pasillo de un barco. Esa mirada no dejaba de atacarme a todas horas.

--5--
     Desperté temprano y fui directo al restaurante. Había planeado pasar mi día de nuevo con Lena. La vi sentada en la misma mesa donde nos habíamos conocido ayer y fui a saludarla. Nos dirigimos hacia la barra para servirnos el desayuno. Había un extenso buffet internacional. A decir verdad era lo mismo todos los días, solamente cambiaban algunos platos y las bebidas.
            Nos sentamos y platicamos mientras comíamos. Me sentía incomoda, había pequeñas agujas invisibles perforándome desde alguna dirección. Giré la cabeza, y en la esquina opuesta de la habitación estaba el mismo hombre de siempre, viéndome de una forma desquiciada, la barba cubría su rostro y estaba vestido de forma desaliñada. Ese hombre me aterraba.
     Amm, ¿Victoria? ¿Sucede algo? La voz de Lena sonaba lejana.  —¿Qué te pasa?
     Volví la mirada a la mesa. El plato de Lena había sido abandonado en un instante. Su rostro reflejaba lo preocupada que estaba. El mío reflejaba terror.
     Permanecí en silencio por un momento. Lena musitaba pequeños Victoria de vez en cuando. Giré la cabeza y la vi a los ojos. Su expresión era seria, estaba esperando una respuesta.
     Victoria dime algo —.Rogaba Lena.
         Ese hombre quiere matarme —. Dije —. Estoy segura que quiere hacerlo.

--6--
     Victoria, tranquilízate, ese hombre no te va a matar.
     Claro que lo hará, Lena. No has visto la forma en que me mira.
     ¿Y cómo te mira?
     Eww, no no lo sé. No lo entiendo. Es extraño, no es curiosidad, pero tampoco es odio. Cuando me mira logra meterse dentro de mí, me aterra. Yo sé lo que quiere. Ese hombre quiere matarme.
     Victoria, estás exagerando. ¿Desde cuando conoces a ese sujeto? No es más que un viejo cazando jovencitas.
     Lo vi en su camarote, tenía la luz apagada pero estaba la puerta abierta. Quizá hacía algo y yo lo interrumpí. Quizá había decidido que asesinaría a la primer persona que pasara en frente de su puerta.
     —¿Terminaste de comer? Yo también. Salgamos un rato a tomar el sol.
     No era la primera vez que hacía eso. Ella no creía lo que ese hombre quería hacer conmigo.

--7--
     Otro día en la alberca, en el bar, comiendo, riendo. Ese día no había sido muy diferente de no ser porque la actividad del crucero era snorquelear en el mar. Yo no pensaba hacerlo, pero Lena me obligó. Antes de bajar algunos empleados del barco nos dijeron que hacer, prometieron que veríamos muchos peces de colores y nos dieron nuestro equipo. Yo no sabía que en esas aguas se veían peces. Ni siquiera creía posible que si te ponías una máscara pudieras ver algo, el agua era de lo más oscura.
     El mar se veía de color verde. No vi ningún colorido pez, solo extraños gusanos verdes que nadaban por ahí. No había mucho que ver. Había unas rocas enormes cubiertas de plantas saliendo del agua, se veían bastante bien, por afuera claro. Después de un rato nadando, subimos de nuevo al barco. Fuimos a las bancas donde estaba nuestra ropa, y en ellas estaba el hombre.
     Miré horrorizada a Lena, y ella fue con paso decidido a pedirle que se fuera. Quise detenerla, algún pensamiento infantil me decía que querría matarla a ella también. Después de todo Lena me hacía creer que esa idea era infantil.
            El hombre nos vio acercarnos y se levantó de la banca. Nos hizo una reverencia mientras decía Señoritas con una voz extremadamente grave. De modo que sabía que aquello era nuestro. No me cabía la menor duda de que me estaba siguiendo. Victoria…’ agregó el hombre para después darse la vuelta y perderse entre la gente.

--8--
         Último día de crucero. A lo lejos podía ver la ciudad de Miami. Estaba en cubierta observando el mar desde la borda como solía hacerlo, era algo que iba a extrañar. Lena se acercó a mí por la espalda y me provocó un susto de muerte. Fuimos a comer y después salimos de nuevo a platicar.
     En unas horas nos separaremos. Yo volveré hasta Chicago y tú tú nunca me dijiste donde vives.
     Soy de Atlanta le dije sonriendo.
     Después de todo yo voy mucho más lejos que tú.
El día transcurrió rápido. Y me encontré despidiéndome del mar teñido de naranja, y del cielo que había dejado que mi mente escapara. Caminaba con mi equipaje de vuelta a tierra firme, y después de un efusivo abrazo me despedí de Lena, y prometimos contactarnos después.
     En cuanto ella se hubo ido, tomé mis cosas y salí del puerto para tomar un taxi y alejarme de la oculta mirada asesina de aquel hombre. Subí al taxi y tuve miedo de mirar hacia atrás y descubrir que el hombre me estaba siguiendo, así que simplemente moría por dentro en cada semáforo rojo y respiraba aliviada por cada luz verde. No volvería a sentir esa petrificante mirada jamás. Mi historia no incluiría un cuento de terror donde estaba encerrada en un barco con un asesino loco y terminaba en ríos de sangre corriendo por los pasillos. Eso pensé yo. Eso hubiera querido que pasara yo.

Fin de la primera parte.