sábado, 7 de febrero de 2015

La guayaba | Alan Jiménez.

Les vengo a contar la historia de un chico, que se topó con mi vida, de pronto al doblar la esquina.
Lo observé, y era tan lindo, su rostro se veía lleno de alegría, era dulce, espontáneo, cargado con un nosequé que me impedía apartar la vista. Un rostro poco común, llamativo, y desconocido.
Pasó el tiempo, hablamos, aunque era él quien lo hacía, yo me limitaba a mirarlo, mudo, me ponía nervioso. Me gustaba escucharlo, su voz, y sus ojos, esas cosas comenzaban a gustarme cada vez más.
De pronto, cuando lo veía, era como una chispa que saltaba sin permiso, era interesante, misterioso, algo que anhelaba descubrir. Me gustaba ese chico, me hacía cosas raras, algún hechizo poderoso quizá.
—Tú también me gustas—. Dijiste. Te vi confuso, y no pude evitar quererte más.
Y después, por fin, me hice tuyo. Y te sonreí mientras te abrazaba y pensaba que era la persona más afortunada del mundo por tenerte. Y cuando me tomaste la mano todo lo que había muerto en mi volvió a la vida.
Me diste ese primer beso. Tan mágico. Sentados en ese parque donde sólo fuimos tú y yo.
Y así pasaron los días, tú, con tu encanto, rompiendo la rutina para crear días inolvidables.
Me diste una razón para despertar anhelando tu compañía, y seguir, como siempre encantado con tu sonrisa, delirando con tu piel, que debía ser igual de perfecta en todo tu cuerpo así como en tu cara. Calmando cada batalla que se liberaba dentro de mí, con un beso, una simple caricia.

Y así, fue como apareciste, sin avisar, no para ponerme de cabeza, sino para darme orden y un sentido al que aferrarme y por el cual luchar. Porque cuando llegaste, ya no te fuiste.