Escape.
--1--
Hacía días que había zarpado en un crucero por el Atlántico, era una calurosa tarde de verano sintiendo la
brisa del mar en mi rostro. Entré al barco y me dirigí al restaurante, vi el
menú pero no me llamó la atención nada así que salí de vuelta para ver el cielo
perderse con el mar.
Las actividades del crucero eran de lo más
normales. Pasar el día en la alberca, comer en el restaurante, participar en
los espectáculos que se hacían diario entre otras cosas, sin embargo mi
itinerario se limitaba a comer, pasar el día sentada en cubierta leyendo algún
libro y dormir.
Yo nunca quise tomar este crucero, había
sido un regalo de cumpleaños de mi tía favorita. ‘Te hará bien tomar un poco de sol, estás muy pálida’. No podía despreciar el dinero que
había gastado en ese crucero, después de todo pasaba todo el día dentro de casa
escuchando música o conectada a la red chateando con mis pocos amigos.
Empezaba a anochecer y observé el sol
hundiéndose en el mar, el cielo naranja se reflejaba en las pequeñas olas del
océano, y finalmente, el sol desapareció dejando la bóveda celeste teñida de
color rosa.
Entré en el barco y me dirigí por los blancos y estrechos pasillos
hasta mi habitación. La verdad era un lugar algo claustrofóbico, pero siempre
podía salir a la proa y alzar los brazos para sentirme en el Titanic.
Eran las tres de la madrugada
y no podía dormir, el barco se mecía y eso me mareaba. Miré por la pequeña
ventana de mi habitación y solo se veían pequeños destellos azules
interrumpiendo la oscuridad de la noche. La luz del pasillo entraba por la
rendija de mi puerta, y mi cerebro me dio la orden de salir de la habitación y
dirigirme a cubierta, así que lo hice, pero en el camino me topé con una puerta
semi abierta, y fue en ese momento que mi aburrido crucero se terminó de
estropear por completo. Bueno, yo no lo sabía.
--2—
La habitación estaba bastante oscura. Por la
rendija de la puerta se asomaba el rostro apenas visible de un hombre. Su
mirada era escalofriante. No tenía curiosidad por saber quién pasaba a esas
horas por el pasillo. Ni era una mirada de enojo. Al principio su rostro se
veía serio y frío, pero después se tornó en una mirada divertida, lujuriosa,
como en un momento de aburrimiento en el que de pronto tienes una divertida
idea para matar el tiempo.
Su mirada no se despegaba de mí. Quedé un
momento paralizaba viendo sus ojos inexpresivos hasta que brillaron localizando
a su objetivo. No dejaba de mirarme, así que reaccioné y volví corriendo a mi
camarote. Y vi su mirada siguiéndome hasta que la blanca pared sustituyó la
negrura de aquella habitación.
Me
encerré en mi camarote y me oculté junto a la pared fría. Me quedé dormida
vigilando la puerta, y esa noche soñé con miradas asesinas en cuartos oscuros.
--3--
Era mediodía y yo estaba entrando al
restaurant del crucero para desayunar. Para mi mala fortuna no había comida, el
desayuno terminaba a las 11. Me senté al fondo del restaurante, todavía había
unas pocas personas terminando de comer. Sentía mi estómago rugir y crucé los
brazos frustrada.
Una chica de una mesa cercana se levantó
con su plato y caminó en dirección hacia mí. O no, lo que menos quería era que
alguien me ofreciera su plato, y esa parecía su intención.
—Hola
—me saludó.
—Ah,
hola —mi voz sonaba tímida, pero no lo
estaba.
—Me
preguntaba si aceptarías comerte mi plato —dijo con una sonrisa
en su rostro. —La
verdad no tengo mucha hambre.
—No
no no, no es necesario, termínalo tú, gracias.
—Anda,
tus tripas se escuchan en todo el restaurante —me dijo con
una risita.
—De
acuerdo —quizá
fue el hambre lo que me hizo aceptar su plato. Se veía que había probado un
poco, pero la mayoría del plato estaba totalmente intacto. Comí como moribunda
y terminé satisfecha.
—No sé cómo pudiste
comer esa porquería —bromeó
la chica —.
Por cierto, me llamo Lena.
—Victoria —le
dije con mi cara más amistosa.
—¿Te
gustaría subir al bar conmigo? —me preguntó.
La miré inspeccionando su rostro y
comprobar que era de fiar.
—Sí —, me
dijo—en
el bar hay comida.
Después de una semana de soledad en el
barco había hecho una amiga. Y solo quedaban tres días de crucero.
--4--
Pasé todo el día con Lena entre el bar y la
alberca. Ella era de Chicago y tenía un año más que yo. Mis aburridos días de
crucero al parecer tendrían un buen final, mi piel se tostó un poco y por
primera vez me puse el bikini que empaqué. No había probado los cocteles del
barco, ni esa deliciosa botana que había en el bar. Sentí el agua de la alberca
después de años, y reí como nunca lo había hecho.
Ahora estaba en mi cama, agotada después de
haber estado con Lena. Veía el techo blanco mientras recordaba aquel divertido
día. Entonces me percate de algo que no había dado importancia antes. La mirada
de un hombre en el restaurante.
Por supuesto que la había sentido. Pero
estaba distraída deleitándome con manjares e intentando esquivar la mirada de
Lena viéndome comer como desquiciada. ¿Estaría
espiándome? Esa idea me aterraba, yo no lo había visto hacer nada grave, y
tampoco nos conocíamos. No era una chica atractiva para encender su deseo hacia
mí. No lo entendía.
Pasé otra terrible noche de mareos y
pesadillas. Pesadillas sobre ríos de sangre que corrían por el pasillo de un
barco. Esa mirada no dejaba de atacarme a todas horas.
--5--
Desperté temprano y fui directo al
restaurante. Había planeado pasar mi día de nuevo con Lena. La vi sentada en la
misma mesa donde nos habíamos conocido ayer y fui a saludarla. Nos dirigimos
hacia la barra para servirnos el desayuno. Había un extenso buffet
internacional. A decir verdad era lo mismo todos los días, solamente cambiaban
algunos platos y las bebidas.
Nos sentamos y
platicamos mientras comíamos. Me sentía incomoda, había pequeñas agujas
invisibles perforándome desde alguna dirección. Giré la cabeza, y en la esquina
opuesta de la habitación estaba el mismo hombre de siempre, viéndome de una
forma desquiciada, la barba cubría su rostro y estaba vestido de forma
desaliñada. Ese hombre me aterraba.
—Amm, ¿Victoria? ¿Sucede
algo? —La
voz de Lena sonaba lejana. —¿Qué
te pasa?
Volví la mirada a la mesa. El plato de Lena
había sido abandonado en un instante. Su rostro reflejaba lo preocupada que
estaba. El mío reflejaba terror.
Permanecí en silencio por un momento. Lena
musitaba pequeños ‘Victoria’
de vez en cuando. Giré la cabeza y la vi a los ojos. Su expresión era seria,
estaba esperando una respuesta.
—Victoria dime algo —.Rogaba
Lena.
—Ese
hombre quiere matarme —.
Dije —.
Estoy segura que quiere hacerlo.
--6--
—Victoria,
tranquilízate, ese hombre no te va a matar.
—Claro que lo hará,
Lena. No has visto la forma en que me mira.
— ¿Y
cómo te mira?
—Eww, no…
no lo sé. No lo entiendo. Es extraño, no es curiosidad, pero tampoco es odio.
Cuando me mira logra meterse dentro de mí, me aterra. Yo sé lo que quiere. Ese
hombre quiere matarme.
—Victoria, estás
exagerando. ¿Desde cuando conoces
a ese sujeto? No es más que un viejo cazando jovencitas.
—Lo vi en su
camarote, tenía la luz apagada pero estaba la puerta abierta. Quizá hacía algo
y yo lo interrumpí. Quizá había decidido que asesinaría a la primer persona que
pasara en frente de su puerta.
—¿Terminaste de comer?
Yo también. Salgamos un rato a tomar el sol.
No era la primera vez que hacía eso. Ella
no creía lo que ese hombre quería hacer conmigo.
--7--
Otro día en la alberca, en el bar,
comiendo, riendo. Ese día no había sido muy diferente de no ser porque la
actividad del crucero era snorquelear en el mar. Yo no pensaba hacerlo, pero
Lena me obligó. Antes de bajar algunos empleados del barco nos dijeron que
hacer, prometieron que veríamos muchos peces de colores y nos dieron nuestro
equipo. Yo no sabía que en esas aguas se veían peces. Ni siquiera creía posible
que si te ponías una máscara pudieras ver algo, el agua era de lo más oscura.
El mar se veía de color verde. No vi ningún
colorido pez, solo extraños gusanos verdes que nadaban por ahí. No había mucho
que ver. Había unas rocas enormes cubiertas de plantas saliendo del agua, se
veían bastante bien, por afuera claro. Después de un rato nadando, subimos de
nuevo al barco. Fuimos a las bancas donde estaba nuestra ropa, y en ellas
estaba el hombre.
Miré horrorizada a Lena, y ella fue con
paso decidido a pedirle que se fuera. Quise detenerla, algún pensamiento
infantil me decía que querría matarla a ella también. Después de todo Lena me
hacía creer que esa idea era infantil.
El hombre nos vio
acercarnos y se levantó de la banca. Nos hizo una reverencia mientras decía ‘Señoritas’
con una voz extremadamente grave. De modo que sabía que aquello era nuestro. No
me cabía la menor duda de que me estaba siguiendo. ‘Victoria…’
agregó el hombre para después darse la vuelta y perderse entre la gente.
--8--
Último día de crucero. A lo lejos podía ver la ciudad de
Miami. Estaba en cubierta observando el mar desde la borda como solía hacerlo,
era algo que iba a extrañar. Lena se acercó a mí por la espalda y me provocó un
susto de muerte. Fuimos a comer y después salimos de nuevo a platicar.
—En unas horas nos
separaremos. Yo volveré hasta Chicago y tú… tú nunca me dijiste
donde vives.
—Soy de Atlanta —le
dije sonriendo.
—Después de todo yo
voy mucho más lejos que tú.
El
día transcurrió rápido. Y me encontré despidiéndome del mar teñido de naranja,
y del cielo que había dejado que mi mente escapara. Caminaba con mi equipaje de
vuelta a tierra firme, y después de un efusivo abrazo me despedí de Lena, y
prometimos contactarnos después.
En cuanto ella se hubo ido, tomé mis cosas y salí del puerto para tomar un taxi y alejarme de la oculta mirada asesina de aquel hombre. Subí al taxi y tuve miedo de mirar hacia atrás y descubrir que el hombre me estaba siguiendo, así que simplemente moría por dentro en cada semáforo rojo y respiraba aliviada por cada luz verde. No volvería a sentir esa petrificante mirada jamás. Mi historia no incluiría un cuento de terror donde estaba encerrada en un barco con un asesino loco y terminaba en ríos de sangre corriendo por los pasillos. Eso pensé yo. Eso hubiera querido que pasara yo.
En cuanto ella se hubo ido, tomé mis cosas y salí del puerto para tomar un taxi y alejarme de la oculta mirada asesina de aquel hombre. Subí al taxi y tuve miedo de mirar hacia atrás y descubrir que el hombre me estaba siguiendo, así que simplemente moría por dentro en cada semáforo rojo y respiraba aliviada por cada luz verde. No volvería a sentir esa petrificante mirada jamás. Mi historia no incluiría un cuento de terror donde estaba encerrada en un barco con un asesino loco y terminaba en ríos de sangre corriendo por los pasillos. Eso pensé yo. Eso hubiera querido que pasara yo.
Fin de la primera parte.

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