lunes, 21 de julio de 2014

Textos emito | Alan Jiménez

Los últimos días transcurrían sin prisa, lentos, monótonos. Él no hacía nada más que entretener su mente en algo para evitar que pudiera ponerse a formar pensamientos que terminaran por convertir sus ya aburridos días en un completo desastre. Sin embargo, intentarlo era simplemente imposible, un verdadero fracaso. "Yo... sólo espero que encuentres a alguien que valore el paraíso de tu mirada perdida, el refugio de tus brazos, el mar de tus labios, tu embriagante aroma..." Las palabras salían de su mente como si llevaran días madurando para el momento en que tuvieran que ser dichas.
Se imaginó mirando sus ojos, rozando sus labios con un dedo mientras observaba lo que algún día había tenido. Alejó ese pensamiento de su mente, lo que menos necesitaba era perderse en su recuerdo; quién sabe lo que pasaría si lo hacía.
Intentó concentrarse en lo que hacía, la música no ayudaba mucho. Recordó la última vez que había sentido ese mar abrasador. No parecía que hubiera una siguiente ocasión para observar ese mar y sumergirse en sus agua. Si él hubiera sabido que aquella era la última...
Llegó la noche, y con ella llegó el día. Y los días transcurrieron igual, con una aburrida monotonía capás de sacar de sus casillas a cualquiera, y con sus pensamientos torturantes que salían a borbotones como la sangre sale de una herida.
Agradecer que estaba vivo era parte de su rutina. Y no se refería precisamente a él mismo; si por él hubiera sido, ya se había muerto.
Perderse entre lúgubres pensamientos era un delirio constante. "Gracias, por todo. Me haz hecho la persona más feliz del mundo." Cada vez encontraba nuevas frases que decir. Su sabor era amargo. Pero ya se había acostumbrado a él, y había aprendido incluso a disfrutarlo.
Y de pronto, sin apenas haberse dado cuenta, ya tenía frente a él el momento para decir esas palabras.
Pero no las dijo. Era el sabor más amargo que había probado. Y cuando tuvo que hablar, no supo que hacer.

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