Cesárea Defensa de la Iglesia Católica.
Ciudad del Vaticano.
Al Legado y Abadesa de Su Santidad,
Sor Luciana Honorati, recientemente presentada Titular de la Cesárea Defensa de la Iglesia Católica, a su cargo:
Deseamos informarnos de los peligros que nuestra Santa Iglesia Católica ha de enfrentar con el paso del tiempo contra sus enemigos, para así formar una defensa que salve de todo riesgo a nuestra Santa Iglesia y a sus fieles seguidores. Es nuestra voluntad ser instruidos en todas estas materias concernientes a la existencia de enemigos de la Iglesia Católica para que nuestras fuerzas libertadoras y evangelistas lleven la palabra de Nuestro Señor Jesucristo y librarnos así de aquellas almas que siguen el mandato de Satanás. Por lo tanto, es nuestra voluntad crear este consejo de la CDIC para que realicen el minucioso trabajo de erradicar a las fuerzas malignas que atentan contra nuestra Iglesia, así como elaborar informes y expedientes cuyo grado de importancia debe considerarlos archivos secretos y altamente clasificados, para el beneficio y porvenir de esta Santificada Doctrina.
Os mando atender dicha instrucción y servicio con la mayor prontitud, cuidado y diligencia, porque éste es un asunto muy importante y necesario para la exoneración de nuestra santa conciencia.
(ecce signum) Alejandro IV
Papa et Episcopi
Romae Alexander Quattuor
La angelical estatua da paso a una entrada oculta que conduce a unas escaleras descendentes. La oscuridad devora todo y tengo que encender una antorcha para iluminar mi camino a las profundidades. Una vez dentro de la entrada secreta, la pared vuelve a su sitio de origen y oculta cualquier rastro de entrada, pasadizo y escalinata. Las paredes son de piedra y se escucha el eco de gotas cayendo aquí y allá. Sin embargo las escaleras se encuentran en buen estado y no me es difícil el camino hacia el interior del Vaticano.
Una vez que recibí la carta con la encomienda del Papa, tuve que tomar lo que pude de mis pertenencias para dedicarme a la misión que me fue entregada. Después de poco, las escaleras se convierten en un pasillo que termina en una gruesa puerta de madera. Un guardia con plateada armadura vigila la puerta y me deja pasar cuando le muestro la carta firmada del Papa. Abre la puerta y me encuentro ante una gran estructura subterranea iluminada por el fuego de las antorchas. Se ven grandes espacios en los que guerreros práctican en combate, y más atrás, habitaciones de piedra cuyo interior se ve iluminado. Un religioso sale corriendo de una de ellas y se dirige apresurado con un sacerdote que se encuentra observando el espectáculo que el lugar ofrece. Le muestra un pesado libro y entonces se da cuenta de que lo observo. Me mira a los ojos y el sacerdote voltea la mirada imitando al religioso que me observa. Le dice algo devolviéndole el libro y se acerca, sin apartar la vista de mi.
Antes de que pueda decir o preguntar nada, el religioso se presenta como Fray Toribio de Benavente, después, lee cuidadosamente la carta que he traído conmigo y asiente con la cabeza en modo aprobatorio.
—Este es uno de los cuarteles subterráneos del Vaticano —me dice—. Este en especial, es el cuartel de la Cesárea Defensa de la Iglesia Católica, donde nos entrenamos para controlar las amenzas a la Iglesia.
Empieza a caminar y yo lo sigo. Su túnica café es igual a la de cualquier fraile. Veo de cerca a los hombres luchando y me acerco más al fraile en un instinto por protegerme. Observo las paredes del cuartel subterráneo. De no ser por las antorchas, este lugar estaría en las más oscuras tinieblas, me pregunto cuando fue la última vez que esta gente vio la luz del sol. A pesar de haber sido nombrada títular de la CDIC me siento como un intruso, hasta ahora había escuchado hablar de este cuartel y tengo mucho que aprender si quiero llegar a ser una títular ejemplar.
El recorrido de Fray Toribio termina en las habitaciones de piedra. Algo me dice que ha estado hablando y que me he perdido absolutamente de todo. Termina diciendo algo sobre mi nueva estancia y sobre un grupo de novicias, sin embargo no entiendo de qué habla. Las habitaciones son de la misma piedra que todo el complejo, iluminadas con las mismas antorchas. Los muebles dan un toque cálido a la estancia. Escritorios de una exquisita madera, sillas, mesas, taburetes y una pizarra en la pared de la que cuelgan hojas llenas de letras y dibujos. Fray Toribio me conduce por las habitaciones hasta la que será mi habitación para dormir y me da el día libre con la promesa de que mañana será un día ocupado. Me duermo pronto porque no se me ocurre algo mejor que hacer.
Al día siguiente, despierto temprano, o al menos eso creo. Aquí abajo es difícil saber la hora. Afortunadamente, cuando salgo descubro que en la parte más alta de las paredes del cuartel hay ventanas con barrotes que permiten la entrada de luz que no había visto antes, así que siento el lugar menos claustrofóbico. Después de comer algo en la habitación del comedor con un montón de gente desconocida, Fray Toribio me conduce con las novicias de las que habló ayer. Lo sigo afuera de las habitaciones y cruzamos el patio de entrenamientos hasta otra puerta donde entramos a una sala amplia. Dentro hay tres hermanas vestidas con túnicas similares a la mía. Levantan la vista y caminan a mi encuentro.
—Buen día, hermana —. Dice una de ellas —. Mi nombre es Raymunda, y éstas son las hermanas Integra y Prendete.
Las saludo y Fray Toribio nos pide sentarnos en una gran mesa y comienza a hablar.
—Ustedes serán las principales encargadas de llevar a cabo la Cesárea Defensa de la Iglesia Católica, y antes de que eso ocurra es necesario que sean instruidas sobre lo que tendrán que enfrentar en esta misión.
Fray Toribio se pasa las siguientes dos horas hablando sobre peligros, amenazas, satanismo, brujas y fuerzas sobrenaturales de las que debemos proteger a la Iglesia Católica y a sus seguidores. No veo cómo un par de monjas pueda contra todo eso, ni tampoco me trago del todo semejantes conjeturas. El fraile asegura que todos esos enemigos buscan destruir la fé, introducir sus sanguinarios rituales, entre otros desagradables fines. Así que después de su plática, salimos a un espacio del cuartel donde nos explican algunas técnicas de combate que pronto comenzaremos a practicar, y que jamás creí que necesitaría saber en toda mi vida de religiosa. Al final del día, nos dicen a las hermanas y a mi que podemos descansar y tomar el día libre.
Vamos a la cocina para buscar algo de comer, y después de un festín nos ponemos a charlar. Descubro que las tres recibieron cartas similares a la mía.
De las tres, Integra Berkeley es quien más llama mi atención. Fanática religiosa, es la única que no pareció sorprenderse al observar las muestras de combate. Ella ya había planeado una operación similar a la de la CDIC pero de manera privada. Es una experta en técnicas de pelea usando una katana, y parece ser bastante sanguinaria.
Pasado el anochecer, estamos agotadas y todas decidimos ir a dormir.
Empieza a amanecer cuando me despierto. Después de cobijarme por el frío, salgo a la cocina en busca de comida. Ahí me encuentro a Raymunda, Integra y Prendete y empezamos a prepararnos para el entrenamiento que empezaremos hoy, y que no espero que sea fácil. Comemos y Fray Toribio entra a buscarnos y nos dice lo que estábamos esperando. Nuestro entrenamiento comienza ahora mismo.
Las cuatro monjas nos levantamos una al lado de otra, y encaramos con la cabeza en alto el día que está por empezar.
—Gorditas y bonitas muchachas —, dice Integra — gorditas y bonitas.
Una vez que recibí la carta con la encomienda del Papa, tuve que tomar lo que pude de mis pertenencias para dedicarme a la misión que me fue entregada. Después de poco, las escaleras se convierten en un pasillo que termina en una gruesa puerta de madera. Un guardia con plateada armadura vigila la puerta y me deja pasar cuando le muestro la carta firmada del Papa. Abre la puerta y me encuentro ante una gran estructura subterranea iluminada por el fuego de las antorchas. Se ven grandes espacios en los que guerreros práctican en combate, y más atrás, habitaciones de piedra cuyo interior se ve iluminado. Un religioso sale corriendo de una de ellas y se dirige apresurado con un sacerdote que se encuentra observando el espectáculo que el lugar ofrece. Le muestra un pesado libro y entonces se da cuenta de que lo observo. Me mira a los ojos y el sacerdote voltea la mirada imitando al religioso que me observa. Le dice algo devolviéndole el libro y se acerca, sin apartar la vista de mi.
Antes de que pueda decir o preguntar nada, el religioso se presenta como Fray Toribio de Benavente, después, lee cuidadosamente la carta que he traído conmigo y asiente con la cabeza en modo aprobatorio.
—Este es uno de los cuarteles subterráneos del Vaticano —me dice—. Este en especial, es el cuartel de la Cesárea Defensa de la Iglesia Católica, donde nos entrenamos para controlar las amenzas a la Iglesia.
Empieza a caminar y yo lo sigo. Su túnica café es igual a la de cualquier fraile. Veo de cerca a los hombres luchando y me acerco más al fraile en un instinto por protegerme. Observo las paredes del cuartel subterráneo. De no ser por las antorchas, este lugar estaría en las más oscuras tinieblas, me pregunto cuando fue la última vez que esta gente vio la luz del sol. A pesar de haber sido nombrada títular de la CDIC me siento como un intruso, hasta ahora había escuchado hablar de este cuartel y tengo mucho que aprender si quiero llegar a ser una títular ejemplar.
El recorrido de Fray Toribio termina en las habitaciones de piedra. Algo me dice que ha estado hablando y que me he perdido absolutamente de todo. Termina diciendo algo sobre mi nueva estancia y sobre un grupo de novicias, sin embargo no entiendo de qué habla. Las habitaciones son de la misma piedra que todo el complejo, iluminadas con las mismas antorchas. Los muebles dan un toque cálido a la estancia. Escritorios de una exquisita madera, sillas, mesas, taburetes y una pizarra en la pared de la que cuelgan hojas llenas de letras y dibujos. Fray Toribio me conduce por las habitaciones hasta la que será mi habitación para dormir y me da el día libre con la promesa de que mañana será un día ocupado. Me duermo pronto porque no se me ocurre algo mejor que hacer.
Al día siguiente, despierto temprano, o al menos eso creo. Aquí abajo es difícil saber la hora. Afortunadamente, cuando salgo descubro que en la parte más alta de las paredes del cuartel hay ventanas con barrotes que permiten la entrada de luz que no había visto antes, así que siento el lugar menos claustrofóbico. Después de comer algo en la habitación del comedor con un montón de gente desconocida, Fray Toribio me conduce con las novicias de las que habló ayer. Lo sigo afuera de las habitaciones y cruzamos el patio de entrenamientos hasta otra puerta donde entramos a una sala amplia. Dentro hay tres hermanas vestidas con túnicas similares a la mía. Levantan la vista y caminan a mi encuentro.
—Buen día, hermana —. Dice una de ellas —. Mi nombre es Raymunda, y éstas son las hermanas Integra y Prendete.
Las saludo y Fray Toribio nos pide sentarnos en una gran mesa y comienza a hablar.
—Ustedes serán las principales encargadas de llevar a cabo la Cesárea Defensa de la Iglesia Católica, y antes de que eso ocurra es necesario que sean instruidas sobre lo que tendrán que enfrentar en esta misión.
Fray Toribio se pasa las siguientes dos horas hablando sobre peligros, amenazas, satanismo, brujas y fuerzas sobrenaturales de las que debemos proteger a la Iglesia Católica y a sus seguidores. No veo cómo un par de monjas pueda contra todo eso, ni tampoco me trago del todo semejantes conjeturas. El fraile asegura que todos esos enemigos buscan destruir la fé, introducir sus sanguinarios rituales, entre otros desagradables fines. Así que después de su plática, salimos a un espacio del cuartel donde nos explican algunas técnicas de combate que pronto comenzaremos a practicar, y que jamás creí que necesitaría saber en toda mi vida de religiosa. Al final del día, nos dicen a las hermanas y a mi que podemos descansar y tomar el día libre.
Vamos a la cocina para buscar algo de comer, y después de un festín nos ponemos a charlar. Descubro que las tres recibieron cartas similares a la mía.
De las tres, Integra Berkeley es quien más llama mi atención. Fanática religiosa, es la única que no pareció sorprenderse al observar las muestras de combate. Ella ya había planeado una operación similar a la de la CDIC pero de manera privada. Es una experta en técnicas de pelea usando una katana, y parece ser bastante sanguinaria.
Pasado el anochecer, estamos agotadas y todas decidimos ir a dormir.
Empieza a amanecer cuando me despierto. Después de cobijarme por el frío, salgo a la cocina en busca de comida. Ahí me encuentro a Raymunda, Integra y Prendete y empezamos a prepararnos para el entrenamiento que empezaremos hoy, y que no espero que sea fácil. Comemos y Fray Toribio entra a buscarnos y nos dice lo que estábamos esperando. Nuestro entrenamiento comienza ahora mismo.
Las cuatro monjas nos levantamos una al lado de otra, y encaramos con la cabeza en alto el día que está por empezar.
—Gorditas y bonitas muchachas —, dice Integra — gorditas y bonitas.

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