Les vengo a contar la historia de un chico, que se
topó con mi vida, de pronto al doblar la esquina.
Lo observé, y era tan lindo, su rostro se veía
lleno de alegría, era dulce, espontáneo, cargado con un nosequé que me
impedía apartar la vista. Un rostro poco común, llamativo, y desconocido.
Pasó el tiempo, hablamos, aunque era él quien lo
hacía, yo me limitaba a mirarlo, mudo, me ponía nervioso. Me gustaba
escucharlo, su voz, y sus ojos, esas cosas comenzaban a gustarme cada vez más.
De pronto, cuando lo veía, era como una chispa que
saltaba sin permiso, era interesante, misterioso, algo que anhelaba descubrir.
Me gustaba ese chico, me hacía cosas raras, algún hechizo poderoso quizá.
—Tú también me gustas—. Dijiste. Te vi confuso, y
no pude evitar quererte más.
Y después, por fin, me hice tuyo. Y te sonreí
mientras te abrazaba y pensaba que era la persona más afortunada del mundo por
tenerte. Y cuando me tomaste la mano todo lo que había muerto en mi volvió a la
vida.
Me diste ese primer beso. Tan mágico. Sentados en
ese parque donde sólo fuimos tú y yo.
Y así pasaron los días, tú, con tu encanto,
rompiendo la rutina para crear días inolvidables.
Me diste una razón para despertar anhelando tu
compañía, y seguir, como siempre encantado con tu sonrisa, delirando con tu
piel, que debía ser igual de perfecta en todo tu cuerpo así como en tu cara.
Calmando cada batalla que se liberaba dentro de mí, con un beso, una simple
caricia.
Y así, fue como apareciste, sin avisar, no para
ponerme de cabeza, sino para darme orden y un sentido al que aferrarme y por el
cual luchar. Porque cuando llegaste, ya no te fuiste.
No hay comentarios:
Publicar un comentario